Hace muchos años atrás, en la época de los años cuarenta, terminando la segunda guerra de los países, se acercaban torranteando calle arriba, cabizbajos y esquivos, una numerosa para estas épocas familia de extranjeros. Su país estaba al borde de la segunda gran derrota que se concretaría tan solo en unos meses, firmada ya no por su monarca arriba de un vagón de tren, sino firmada por la destrucción total de sus ciudades terminadas en ...burgo por los aviones del otro bloque contrincante que se necesitó para que no dominaran el mundo. Venían de un vagón de ganado que hacía parada en la ciudad. El hambre, al igual que otras familias, los había obligado a bajar para buscar guijarros que poner en alguna olla y poder alimentar a lo que ya quedaba de familia. El tren venía desde la capital, pero no la del país, sino que de la capital de aquél enorme océano (que hasta el día de ahora existe rencilla entre las ciudades) y puerta al mundo de de esa parte del continente, cuando aún tenía ferrocarriles que lo unían con el resto del país, por lo que el andar no había sido mucho comparado al viaje en buque que los cruzó desde su país durante semanas.
“Pruebe esto para calentar, her, déjelo su merced en las brazas ya encendidas y mira usted como rinde más que la leña”. Así hablaba con un acento alemán, confundido con español centro-americano (que con el pasar de los días se supo la razón del crisol), haciendo de interlocutor de toda la familia, un fornido y bigotudo hombre ofreciendo gravilla, que her Cerda (pariente del presidente de ese mismo nombre) identificó como el relleno de los baches de las calles que colocaba una compañía americana que explotaba mineral en los cerros de esa ciudad. La compañía desechaba la escoria de los hornos de fundición y como servicio social o sólo como método de desprenderse de ella, o quizás ambas, ordenaba que cuadrillas de trabajadores rellenaran las malogradas y escuálidas calles pavimentadas de la ciudad. Los alemanes al deambular luego de bajarse del tren reconocieron el material que en su tierra era usado hasta no encontrar rastros más que humo para calentar todo aquello que lo requiriera: Era carbón mineral o carbón coke, extraído por subyugados trabajadores de una ciudad pobre-rica costera del sur, cuya vida ya fue inmortalizada por un señor de nombre entretenido al escucharlo por primera vez. Ese carbón tiene un índice calórico mejor que la leña o el carbón vegetal, pero más barato que el petróleo u otros combustibles más refinados, por lo que fue el favorito por muchos años en distintas partes del mundo, incluso hasta ahora.
El señor Cerda se dio cuenta que el relleno de las calles funcionaba, por lo que compró bastante para calentarse y cocinar, entablando alguna cercanía con los extranjeros. El que hablaba español, el bigotudo, reveló que era marino y que conocía varios lugares del mundo. Una vez en el caribe su barco fue torpedeado y los sobrevivientes escaparon de los británicos que querían cogerlos. Aferrados a tablas y cuento pudieron se refugiaron en una isla de Santo Domingo. Cuando los Ingleses trataron de darle caza en tierra no les quedó más remedio que internarse en la selva y sobrevivir ahí. Conocieron poblados donde se ocuparon en lo que pudieron hasta poder conseguir volver a su país natal. Entre los quehaceres de los esporádicos y variados trabajos aprendió el suficiente español con tintes caribeños para sobrevivir.
De alguna forma el señor Cerda permitió que los pobres inmigrantes se quedaran en la propiedad. Antiguamente las casas de familia eran grandes, sobretodo aquellas con dinero. El dueño de casa tenía varias cuadras de terreno, una calle con su nombre, una casa para sus siete hijos y esposa, un satírico sentido del humor y un galpón cerca de su morada donde finalmente se asentaron por algún tiempo los allegados. La esposa del Señor Cerda era tan buena cocinera como anfitriona, por lo que cocinó para mucho más que toda su familia, usando sendos fondos a manera de ollas. Abrió sacos de porotos que con la ayuda de los foráneos fueron limpiados y echados a la marmita junto con variados vegetales y con pastas (que en ese tiempo venían enroscados tal como conocemos hoy en día a los “nidos” de fetuccini) aplastadas y machacadas luego de estar cocidas.
Mientras se preparaba el apoteósico almuerzo, tal como hace algunos años se venía haciendo, las compañías de bomberos anunciaban la llegada de la mitad del día con sirenas traídas de otros continentes. Antes se hacía con campanas, en la capital (y la ciudad rival que fue capital del océano también) se usan cañones de mansalva, en esta ciudad aún suenan esas sirenas. Dos de las mujeres y todos los niños extranjeros, ante la perpleja y asombrada familia del señor Cerda, se comienzan a agachar en un rincón y murmurar, tapándose los oídos acongojados como si la muerte rondara cerca. Su piel se ponía más blanca de lo que ya era y las lágrimas rodaban recordando quizás que desgracias. Esta escena se repetía todos los días a la misma hora, de forma constante. El hombre del bigote explicó de allá de donde ellos venían eran las mismas sirenas que sonaban, con el mismo timbre e intensidad, cuando algún ataque enemigo era detectado, instruyendo a la población a correr a socorrerse donde pudiesen esconderse. El gobierno había instalado refugios anti-aéreos, que se llenaban de familias angustiadas y llorando, pero no siempre alcanzaba para todos, dejando a merced de la divina misericordia las almas de quienes no estaban adentro. Luego de escuchar los bombazos por distintos sectores de la ciudad, y luego de que las autoridades declararan que era seguro volver a la calle, las familias salían sólo para descubrir las atrocidades ocurridas producto del bombardeo sufrido, cambiando monumentalmente el aspecto de toda la ciudad.



