Estaba ayudando en la organización de una inaguración, parte de un gran evento, donde por variadas razones todo se atrasó. Lo primero que estaba en el programa era unas pequeñas palabras de bienvenidas, preludio del himno nacional y al de la Universidad. Los intérpretes de ambas piezas musicales eran dos músicos, uno pianista y el otro baritono (realmente no lo se, nunca lo escuché cantar como corresponde). En el retraso ambos comenzaron a interpretar piezas distintas, todas eran Arias, y como más tarde me dijo el pianista, eran para ejercitar el dueto entre pianista y cantor. Me llamó la atención algunos acordes, me fui acercando, parecía esos ratones del cuento del flautista de... algún lugar. Me vi al costado del piano eléctrico, al lado del cantor escuchando interpretaciones no convencidas de si mismas, más que nada por no ser frecuentes del oído del vocalista (supongo). Me vi envuelto por la música y de a poco, como si fuera una partitura de orquesta, el cantor entró en un decrescendo mientras me daba el paso con un largo crescendo. La obra que nos reunió fue una Misa de Bach y era la en Si bemol, el Benedictus, creo que es el vigésimo cuarto movimiento. Luego del solo del piano y las primeras frases
Benedictus, Benedictus
sentí como si fuera mi deber vocalizar. Recordé innumerables conversaciones con mucha gente acerca de las interpretaciones de obras y el sentido que cobra la personalidad en cada forma de expresar la música, tanto cantada o ejecutada. Es increíble para mi que no existan las palabras adecuadas para vocalizar el alma, o exista tal traba entre ella y la boca, parece que de adrede hay un puente muy angosto, donde las ideas se precipitan atochándose con las ideas.
Me apasiona saber que la música es perfecta, que cada cosa que se quiera mostrar por siempre sólo debe grabarse en un pentagrama y listo; pero no es así, existen muchas variaciones de una misma pieza, y no son las transposiciones, no es el cambio de armadura, es sólo el ánimo que se le pone a la ejecución. De hecho puede que el cantor no haya estado mal, no fuese desconocimiento, sino que sólo no era la forma en que yo interpretaría.
Me apasiona saber que la música es perfecta, que cada cosa que se quiera mostrar por siempre sólo debe grabarse en un pentagrama y listo; pero no es así, existen muchas variaciones de una misma pieza, y no son las transposiciones, no es el cambio de armadura, es sólo el ánimo que se le pone a la ejecución. De hecho puede que el cantor no haya estado mal, no fuese desconocimiento, sino que sólo no era la forma en que yo interpretaría.
qui venit, qui venit in nomine Domini
Así de simple, ya en el comienzo, del "in nomine" traté de sonar muy lindo. Ya opacaba al cantor mientras una amiga y su grupo de pares me observaba desde el frente despistados, supongo que no sabían que ocurría. Me tapé un oído para escucharme y poco a poco me compenetré con el pianista sacando del alma las sílabas y reluciendo mi latín para que el piano lo llevara como vehículo por el aire. Pareció un instante infinito el que recitaba las sentencias, con tono grave y lejano.
Ya pasadas las palabras, luego del fin del movimiento, parecía que un silencio cósmico rodeaba el lugar, como que envolvía una gigante burbuja de silencio la bullicia de quienes no vieron el espectáculo. No sólo eso, se notaba una paz en el pianista y en mi al dejar el último suspiro y tocar la última nota.
...in nomine Domini
Ya pasadas las palabras, luego del fin del movimiento, parecía que un silencio cósmico rodeaba el lugar, como que envolvía una gigante burbuja de silencio la bullicia de quienes no vieron el espectáculo. No sólo eso, se notaba una paz en el pianista y en mi al dejar el último suspiro y tocar la última nota.